Cuarto y mitad de nostalgia: Pang / Buster Bros (Arcade)

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Los que vivimos con edad suficiente el glorioso momento en que las máquinas recreativas devoraban el dinero suelto de jugadores jóvenes y no tan jóvenes, tenemos bien guardados en la memoria un buen puñado de recuerdos que son una auténtica piscina de melancolía (bendita emulación, que permite nadar en aguas venidas de otro tiempo). Meter la moneda y pasar del loop de demostración de la máquina a la pantalla de «Pulsa Start» (sobre todo en la segunda parte del juego que nos ocupa, con la voz digitalizada que exclamaba exultante: ¡Super Pang!) nos producía al instante una explosión de emoción y adrenalina; y esto era solo el principio. Ante nosotros se desplegaban, a cambio de nuestra preciada moneda (o monedas, que las había muy tragonas), unos gráficos imposibles de ver fuera del salón recreativo, un sonido completamente atronador y (todo sea dicho) un joystick con más holgura que la palanca de cambios de un seiscientos. Armados solamente con nuestra habilidad y los valiosos conocimientos adquiridos a base de ver jugar al chaval que, momentos antes, daba un espléndido recital de juego como quien se come una mandarina, nos metíamos de lleno en la difícil tarea de llegar lo más lejos posible en el título o, si le echábamos mucha paciencia (y probablemente dinero), acabárnoslo ante el expectante que nos rodeaba a la espera del game over definitivo. Tarea ardua, por cierto, especialmente en muchos títulos especialmente duros, aunque siempre ha habido grandes maestros que eran capaces de pasarse prácticamente cualquier cosa con un solo crédito (lo del tío Nestor es cosa fina).

Pang

Los juegos, más a menudo de lo que nos gustaría, presentaban una curva de dificultad (o directamente trampas como puños) que llegaban a provocar un cabreo importante, aunque siempre acabábamos comprando otro crédito a la salud de la sempiterna leyenda que reza: «esta es la buena». Por supuesto, todas estas sensaciones no significarían nada si no hubiesen ido de la mano de juegazos a la altura de las circunstancias. Todos los aficionados a jugar en muebles de madera tenemos una pequeña selección de juegos personal e intransferible que no necesariamente está compuesta por un catálogo de reconocida calidad. Entre mis favoritos sé a ciencia cierta que hay varios nombres poco defendibles, pero todos ellos componen mi infancia como jugador y eso pesa mucho. Por supuesto, uno no es tonto del todo y las maravillas irrefutables e inmortales que todos conocemos eran motivo más que suficiente para cambiar una tarde de desarrollo de caries, gominolas mediante, por unas cuantas partidas a estas barbaridades del ocio electrónico. Golden Axe, Cadillacs and Dinosaurs, Street Fighter II y otros ampliamente conocidos aunque menos espectaculares, por su naturaleza. Pang, el juego de «pasar pantallas» por excelencia, podía no ser la más atractiva y puntera de las placas disponibles, pero su calidad y su capacidad para crear adictos a su concepto de juego le han servido para quedar suspendido en el tiempo y recibir, durante su hegemonía en el género, sendas secuelas de mucha, mucha calidad.

Pang

Su fórmula ha sido copiada, clonada, usurpada y retorcida hasta el aburrimiento y, hoy día, con la tremenda extensión que albergan las tiendas virtuales accesibles desde los Smartphones, es más fácil que nunca encontrar copias descaradas de la obra original de Mitchell Corporation (distribuida por la enorme Capcom). Incluso, recientemente, pudimos ver dos intentos de traer de vuelta el espíritu de la saga, gracias a un atractivo, aunque algo monótono, The Bug Catcher de Awfully Nice Studios y a una revisión no tan vistosa, pero entretenida, del propio Pang, que recibió el nombre de Pang Adventures (programada por DotEmu). Ambos títulos han tratado de devolver a Pang su merecida gloria, pero lo cierto es que los jugadores más enamorados del arcade lo tenemos muy difícil para no optar por un emulador como M.A.M.E. y echar unas partidas con un amigo al clásico cuarteto original. No es que seamos (no todos, al menos) unos abuelos gruñones y demasiado clasicorros. Es simplemente que, superar lo que se hizo entonces es, objetivamente, muy difícil.

Pang

A simple vista, puede parecer un juego fácil de idear y hasta de recrear. Unas cuantas burbujas rebotando aquí y allá que se dividen en otras menores al ser alcanzadas con nuestro arma y que, cuando son eliminadas por completo (destruyendo las más pequeñas y peligrosas), nos permiten pasar al siguiente nivel, para repetir la despiadada matanza de bolas gigantes. Sin embargo, su exquisita jugabilidad, el espléndido y variadísimo diseño de niveles y, sobre todo, esas físicas tan características como surrealistas, le permitieron escalar hasta lo más alto de su extraño y disperso género por méritos propios, poniendo las cosas muy difíciles a los «copiones». La clave era una armonía perfecta, creada mediante la combinación de estas físicas tan perfectamente diseñadas y programadas (olvidaos de motores físicos como los que utilizan las compañías actuales) y el famoso arpón (nuestro arma principal), un arma que se amoldaba perfectamente al concepto y nos ofrecía opciones únicas para abarcar la «simple» tarea de acabar con el saltarín ejército de esferas. Además, poder recoger armas adicionales le sumaba la dificultad de cambiar necesariamente nuestra forma de atacar y protegernos. No es poco el odio que generó en el primer Pang el dichoso rifle, precisamente porque perdíamos la posibilidad de lanzar el arpón y que fuera la cadena que quedaba tras él quien se encargara de alejar el peligro. Tocaba arriesgarnos más de la cuenta en un juego que no perdonaba una y eso, lógicamente, huele a injusticia para el jugador. Eso sí, para la segunda parte de la serie, los desarrolladores abrieron bien las orejas y convirtieron el rifle en un arma muy poco frecuente que hacía las veces de ataque especial, solo frenado por un límite de tiempo, por aquello de no barrer el nivel sin paliativos.

Pang

Pero, a fin de retrotraeros más aún al momento y a vuestros vicios posiblemente olvidados, debo mencionar el peor enemigo que puedes encontrar en Pang. Dejaré un instante para que reflexionéis, aunque probablemente no lo necesitéis, ya que, para quienes lo hemos sufrido durante años, está más claro que el agua. Sí, cómo no: hablamos de la dinamita. Ese item que surge en el peor momento posible, cuando no tenemos forma alguna de evitarlo y que provoca que todas las bolas se subdividan hasta alcanzar su mínimo tamaño y máxima cuantía. Un aluvión horroroso que pondrá nuestras habilidades en entredicho. Coger la dinamita al comienzo de un nivel con un número elevado de burbujas invita a dar con la cabeza en la pantalla, aun a riesgo de obtener un bonito afro. Fue, es y será lo peor que te puede ocurrir en el juego, aparte de que un cangrejo te detenga un disparo crucial para sobrevivir. ¡Malditos cangrejos! ¡Yo os maldigo! (el caso es que son simpáticos).

Creo que no hace falta ahondar más. El resto lo podéis encontrar en muchos juegos. Niveles a patadas, opción de dos jugadores simultáneos, secretos ocultos por el escenario… Todo lo necesario para redondear aún más un juegazo como la copa de un pino, que todo el mundo debería probar al menos una vez en su vida. A mí solo de escribir sobre él me están dando unas ganas de echar un par de monedas virtuales que no os quiero contar. ¡A jugar se ha dicho!

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