Marble Madness: El juego de la canica

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Ocurre que, de cuando en cuando, alguien decide desviarse ligeramente del camino marcado para intentar sorprender con algo nuevo. En materia de videojuegos, podemos encontrar infinitos intentos de ir un paso más allá o, cuanto menos, hacia una senda inexplorada, para ofrecer una experiencia fresca y diferente. Juegos de caza o pesca, simuladores de maquinista de tren, gestión empresarial, etc. son buen ejemplo de las ramificaciones que puede tener un género. Hablamos de compañías que invierten dinero, tiempo y esfuerzo en crear algo que se aleje de los cánones de la época, aún a riesgo de quedar a la sombra de los pesos pesados del sector. ¿Se estilan los juegos de acción y disparos? Pues hay quien piensa que el billar o el golf pueden romper moldes y llevarse la atención en los salones recreativos. Evidentemente, remar a contracorriente es harto arriesgado y solo unos pocos títulos pudieron disfrutar de un reconocimiento y una popularidad contundentes. En el caso que nos ocupa, Atari aprovechó plenamente un sistema de control tan aparentemente fuera de lugar en un mueble arcade como un trackball y lo utilizó para dar a luz una obra tan conocida y recordada como este Marble MadnessMarble Madness

Los juegos de habilidad siempre han contado con un público minoritario. Por suerte, allá por los 80 la originalidad estaba disparada y la saturación de mercado que hoy atravesamos no era tal. Esto permitía que cualquier idea original bien resuelta sobre la pantalla tuviera una oportunidad de hacerse con las monedas del personal. Al fin y al cabo, controlar una canica directamente con el trackball a través de complicados mapeados en vista isométrica, teniendo como enemigo principal al cronómetro, resultaba ciertamente atractivo. La dificultad de la máquina y su fantástica jugabilidad lograron que la máquina disfrutase de un éxito que probablemente no podría haber reproducido su secuela, programada para aparecer en 1991 y cancelada debido a la previsible imposibilidad de competir con los grandes juegos de moda del momento. Los 16 bits estaban arrasando y Atari no atravesaba su mejor momento, ni como desarrollador de software ni como fabricante de hardware (su camino hacia su Atari Jaguar resultó ser un auténtico campo de minas). Una lástima, aunque esto no significaría el fin del concepto y juegos como Super Monkey Ball o Kororinpa supieron adaptar dignamente los principios jugables de Marble Madness.

Marble Madness

Por supuesto, convertir a sistemas caseros un juego tan aparentemente dependiente del trackball no resultaba una tarea fácil. Conseguir esa sensación de control directo con un gamepad, ratón o joystick era un auténtico reto que, sin embargo, se resolvió bastante bien. Pudimos jugar en prácticamente cualquier sistema de la época de manera bastante satisfactoria aunque, en algunas versiones, se perdieron opciones muy atractivas como la posibilidad de jugar simultáneamente con un amigo. Como es lógico, algunas adaptaciones como la de ZX Spectrum sufrían las limitaciones del hardware, lo que se traducía en un control más tosco, unas físicas demasiado rígidas o la ausencia de scroll de pantalla. Aún así, incluso los primeros ports eran bastante decentes y conseguían trasladar la esencia del arcade a todas las máquinas.

Si bien no era un juego al que dedicarle muchas horas debido a su escasa duración (6 pantallas que se pueden completar en menos de un minuto), su presencia en los hogares de los jugadores era bastante habitual, ya que normalmente lo podíamos encontrar a precio reducido en tiendas. Pobre de aquel que pagara un precio completo por un producto que, tras unos cuantos intentos de vencer al reloj, nos mostraba su pantalla final, induciéndonos a introducir nuestras iniciales (que nunca se guardaban, por supuesto) y a devolver el juego a la estantería hasta que volviera apetecernos darle un par de vueltas a sus recorridos. Una pena, porque de haber contado con más niveles y algunas variaciones para cada partida, podría haber sido algo más.

Marble Madness

Afortunadamente, el paso del tiempo no ha hecho mella en él y, si tenéis ocasión de jugarlo, no dudéis en darle una oportunidad, muy especialmente si tenéis la suerte de contar con un trackball (X-Arcade vende uno de calidad y, además, lo monta de serie en su enorme Tankstick) y sabéis configurar bien el emulador MAME para que la experiencia sea lo más cercana posible a la recreativa original. Vale la pena.

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