[Opinión] Mi problema con No Man´s Sky – Una relación de amor y odio

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Recientemente llegó a No Man´s Sky una gran actualización, Atlas Rises, plagada de nuevo contenido gratuito para el juego de Hello Games. Las declaraciones de prensa y jugadores afirmando que el juego debería ser así en su momento de salida, junto con un precio actual más reducido al original, terminaron por convencer a un servidor con hacerse con una copia del procedural universo que Sean Murray había creado, pudiendo labrarme una opinión personal de lo que había sido uno de los grandes fracasos del año pasado y un despropósito lleno de mentiras en la corta historia del videojuego. Con más de 50 horas a mis espaldas por el basto universo que ofrece, llegan a mi las ganas de tratar este tema, no el que está bien y que está mal, si no mi experiencia personal con el juego y la relación que guardo con el.

Nota: Tal y como explico ahí arriba, mi interacción con No Man´s Sky se reduce a partir de la llegada de Atlas Rises, por lo que los conocimientos que guardo sobre las versiones anteriores del juego se reservan a información de terceros. Tal como llegó el juego a mi PlayStation 4 fue actualizado, con lo que no habrá comparaciones con el estado previo a Atlas Rises.

Mientras escribo este texto, el cual no se si publicar aún, suena en mi Spotify la banda sonora de Interstellar, una grandiosa composición de Hans Zimmer que evoca soledad, desconocimiento y cierta tragedia, sentimientos que guarda en conjunto con la vida de mi avatar en No Man´s Sky. Y es que desde un inicio no sabe muy bien donde esta, que hace ahí y las razones por las que ha llegado. Amnesia, pocos recuerdos, incertidumbre… son las palabras que definen los primeros momentos del juego. Su pequeña nave se ha estrellado en lo que parece ser un planeta peligroso, en el que la lluvia radiactiva resuena contra los cristales protectores del habitáculo en el que se encuentra. Afuera, tierra rojiza y extrañas plantas que nunca habíamos visto, se extienden por toda la extensión de terreno que podemos observar, llegando hasta un horizonte desconocido. Se escuchan gruñidos cerca, de criaturas vivas, pero no les vemos, no sabemos que son y el miedo llega, el miedo a lo desconocido, el miedo a no saber que hay ahí fuera. La nave, inactiva, emite sonidos y pitidos que por alguna razón resultan poco esperanzadores. Y una voz, nuestra única compañera, suena entre las gotas de lluvia y los guturales sonidos exteriores. «No queda combustible en el propulsor de lanzamiento de la nave» dictaba aquella voz. Vaya, quizás nos esperábamos algo más cariñoso de la única voz conocida que nos acompañará a lo largo de todo el viaje. Una pregunta, una preocupación, un nombre. Cualquier otra cosa excepto una necesidad. Si pulsas cuadrado sales de la nave. Tu nave necesita reparaciones. Sal y recolecta recursos útiles. Esas son las premisas con las que No Man´s Sky iniciaba nuestro viaje, la necesidad de hacernos con unos materiales que por alguna razón no llevábamos encima. En fin, veamos que más nos ofrece el juego.

 

El primer paso sobre aquél planeta desconocido donde nos habíamos estrellado traía consigo un mensaje emergente: «Nuevo planeta descubierto». No hay que ser muy inteligente para descifrar lo que intenta decirnos; abre el menú de descubrimientos y reclama como tuyo este terreno. El planeta era feo, lluvioso constantemente y la radiación del ambiente amenazaba nuestro sistema de vitalidad. Santiago. Ese planeta se llamó Santiago. Me hizo gracia llamarle así, que deciros. Para un gallego es sabido que en la capital de la catedral más frecuentada de España la lluvia es un constante, por lo que un término de mi conocimiento geográfico fue el ideal para darle nombre a aquél planeta inhóspito. Hecho eso, y recibidos los 1000 créditos que algo o alguien me había dado por hacer el estúpido con el nombre de un planeta desconocido para la humanidad, los sonidos extraños volvieron a acentuarse. Tal y como sonaban parecían la muerte en pos de atraparnos, lo que nos hizo volver de inmediato a la nave, sin echar la vista atrás, reclamando el único lugar seguro que conocíamos. Cada vez más cerca, los gruñidos sonaban por el lado izquierdo, acercándose sin piedad. Y cuando la movilidad nos lo permitió, allí estaba, de pie, observándonos, permitiéndonos ver como una fuente de vida se había logrado desarrollar y evolucionar en aquel ambiente tan peligroso para la vida conocida. ¿Daba miedo? ¿Era peligroso? La verdad es que no. Similar a una tortuga bípeda, de apenas medio metro de altura y con unas largas orejas de conejo, nuestro miedo se disipó, y nos invitó a salir de la nave a saludar. O no. En cuanto pisamos aquella arena irradiada, el pequeño ser corrió tanto como sus patitas se lo permitieron, escapando de nuestra presencia. No éramos nosotros los asustados, lo era este pequeño ser al que bautizamos como Ñordel.

En el plano de misiones nos ocupaba la reparación de la nave. Pero no con utensilios, si no con materiales. Elementos químicos que a saber donde podríamos encontrar. ¿Plutonio? ¿De donde se supone que íbamos a sacar plutonio? Si ni siquiera se exactamente lo que es el plutonio. Yo he estudiado arte e informática, se que el plutonio ocupa un lugar en la tabla periódica porque así me lo han dicho, pero ¿donde se supone que debo encontrarlo en un momento de necesidad como este? Hierro, carbono, plutonio, tamio. Son los materiales que se reclaman para que podamos reanudar nuestro viaje sin problemas. Rocas y monolitos de colores llamativos se extienden a lo largo de Santiago, y fíjate, esas son fuentes de hierro, carbono, plutonio y tamio. Que casualidad. En fin, terminadas las reparaciones, montamos en la nave, despegamos y logramos ver una vista ampliada del lugar que estábamos recorriendo. Colinas y cráteres. Todo eran colinas y cráteres. Más que un planeta resultaba una luna perdida en el basto universo. Que se le va a hacer, No Man´s Sky opera con constantes ecuaciones y algoritmos, por lo que Santiago, mi Santiago personal, MI planeta, era resultado de operaciones que otra persona había programado. No tenía reparos en abandonar esa roca carente de atractivo, pero no pude evitar sentir decepción al dejar mi marca en algo tan artificial. Desde el cielo solo se veía como un pedazo de plastilina moldeado a puñetazos.

Ya han pasado varios días desde aquel primer contacto. Hemos visto distintas criaturas generadas por código que se supone se han criado y evolucionado en sus respectivos planetas. Algunas, carentes de todo sentido anatómico, levantaban los grandes pesos de su cuerpo mediante diminutas alas. Otras, a medio paso entre comadrejas y escarabajos, se acercaban a atacarnos sin ni siquiera habernos visto nunca, con un sentimiento de defensa hacia un ser desconocido por su especie. Hemos conocido tres especies alienígenas inteligentes. Unos son comerciantes, otros guerreros y otros androides. Monolitos antiguos hablan sobre ellos, pero no explican nada. Conversas cuando les ves, aprendes su idioma y te comunicas, pero no averiguas nada sobre tres civilizaciones desconocidas para la especie humana. Uno de ellos nos da una nueva multiherramienta por ayudarle en un momento complicado, nos lo agradece y es el único momento en el que sentimos que la amistad se extiende más allá de las estrellas. Nunca sabremos su nombre, y no le volveremos a ver, pero sabemos que No Man´s Sky puede sorprendernos alguna que otra vez. Bajamos a planetas para ver como son, reclamarlos, conocer su flora y su fauna, recoger recursos, mejorar nuestra nave. Todo es un sin parar de nuevos descubrimientos, nuevas experiencias y nombres acordes a cada animal, planta y planeta, que encontramos en el viaje. Algunos nos llevan segundos pensarlos, otros minutos, pero cada uno de ellos lleva un pedacito de nuestro corazón que con todo el cariño le damos. Nocheeterna, Gélido, Marte volumen dos, Sin Vida, Granocéano… todos diferentes y con un motivo personal por el que llamarles así. El juego dice que son nuestros, que es nuestro descubrimiento, pero en todos hay una baliza construida, un puerto de comercio, un laboratorio o un simple módulo habitable que nos indica que no es así, que alguien ha llegado antes. No tiene sentido entonces lo que hacemos.

Al quinto salto de curvatura llegamos a un nuevo sistema solar. Visitamos la estación espacial de turno, y nos encaminamos a un nuevo planeta. Este es diferente. «Planeta ya descubierto» dice el escáner de la nave. Jack-0543. Alguien ha estado aquí antes entonces. Alguien como nosotros, alguien que a su planeta le ha llamado Dig. Dig, excavar en inglés. Un nombre apropiado a un terreno de tierra y agujeros a cuevas ya exploradas, módulos de mejora ya saqueados y a lo lejos, una casa. Si, una casa, un lugar nuevo a nuestros ojos, con cuatros habitáculos conectados entre si, un jardín exterior protegido con cristal y una maquinaria de mensajería. «Welcome home, traveler», o bienvenido a casa, viajero, un mensaje que Jack-0543 había dejado frente a su puerta para saludar a los incautos que como yo habíamos visitado su planeta. El nunca lo sabrá, pero me deshice de todos los materiales que había adqurido en esas tierras. Siento molestar tu ambiente, Jack, espero que logres perdonarme.

Lo de Jack no fue un caso aislado. Nos dio pie a una idea, hacer lo mismo que nuestro amigo desconocido había hecho. Asentarnos en un planeta, dejar un mensaje, y reclamarlo como nuestro. No como los anteriores, si no como aquello que hace honor al nombre que le dimos al planeta verde y lleno de fauna que encontramos a años luz de Jack. Construimos una casa en un planeta acogedor, un planeta llamado Hogar. En nuestra casa, un ser de la raza Gek nos encarga misiones, como traer otros alienígenas con la premisa de mejorar el lugar, quienes ayudarán con sus especialidades a cambio de pequeños encargos. Que menos que hacerlo, son los únicos conocidos que tenemos en el basto universo. No tienen nombres reconocidos, no nos tratan como amistades, pero agradecen que les demos un techo y una función. Son solo herramientas, pero para nosotros son más que eso. Necesitamos níquel, bulbos de médula, iridio y cobre. Materiales que nuestro planeta no tiene por desgracia. Y esto nos lleva a la necesidad universal. Los nuevos planetas dejan de ser fuentes de desconocimiento y descubrimiento. dejan de tener nombres acorde a su situación, recuerdos o imaginación. Pasan a llamarse níquel, iridio, cristal de escarcha y oro. Dejan de ser organismos vivos para convertirse en fuentes de materiales fácilmente identificables que nos permitan volver rápidamente. Ya no albergan una historia, guardan una necesidad momentánea. Sus criaturas ya no se llaman Seispatas, Vacavoladora o Cabraloca. Se llaman de la manera que el juego, el algoritmo le ha llamado. Una sucesión de caracteres sin sentido lógico, ya que su descubrimiento no aporta una nueva especie a mi enciclopedia personal, si no otros 1000 créditos estelares en mi cuenta corriente que me permitirán comprar los materiales necesarios para viajar a otro sistema y no volver a verlos nunca más. Ya no exploramos el universo, recogemos materiales.

No Man´s Sky sigue diviertiéndome. Sigue dándome planetas preciosos, algunos tanto que me gustaría convertir en mi nuevo hogar. Sigue creando plantas increíbles, gigantescos árboles que se extienden metros y metros sobre mi cabeza. Continúan apareciendo majestuosas criaturas que reciben un nombre propio acorde con su aspecto, a los que no me importa darles de comer para jugar con ellos durante unos minutos por los extensos terrenos de los planetas. Siguen apareciendo cuevas inmensas, que me hacen perderme y peligrar por mi vida, echando de menos la nave que me ha acompañado tanto tiempo. Nuevos alienígenas son los que voy conociendo, haciéndome amigo de todas las razas, ayudándoles en sus momentos de amargura y riéndome con algunas situaciones rocambolescas. Hoy estás en Heridio recogiendo el material que le da nombre al planeta y mañana en Solana, recorriendo bajo el sol abrasador inmensos océanos llenos de vida y belleza. Pero cuando vuestro humilde comunicador apaga la consola y se sienta a reflexionar, sabe que todo lo visto es solo el resultado de una operación matemática. Aunque quiera autoconvencerme que Jack-0543, WormHOle, xXSnipGamerXx, Dearest y demás usuarios están ahora mismo a años luz del plano espacio-temporal en el que he visitado su planeta, se perfectamente que su única huella en el universo es un nombre recogido en los servidores de Hello Games. Mientras escribo este texto, el cual no se si publicar aún, suena en mi Spotify la banda sonora de Interstellar, una grandiosa composición de Hans Zimmer que evoca soledad, desconocimiento y cierta tragedia, sentimientos que guarda en conjunto con la vida de mi avatar en No Man´s Sky. No es ni de lejos la mejor película de Nolan, pero hay una secuencia en la que los protagonistas llegan a un planeta desconocido, en el que olas gigantes arrasan con todo lo que ven constantemente. Incluso el tiempo funciona a niveles diferentes dentro y fuera de la nave. Ser no es gran cosa, pero es mi escena favorita del film, porque da al espectador una visión de incertidumbre que le recoge en su asiento pensando en que hay más allá de sus fronteras planetarias. Ese es el sentimiento que tengo con No Man´s Sky, y el único que quiero recordar cuando cojo los mandos de mi nave espacial atravesando las estrellas.

Mi relación con No Man´s Sky se reduce al amor odio. Unas veces lo adoro, otras lo repudio. Como obra es un elemento bueno, con sus pros y sus contras, pero es la experiencia personal de cada uno la que le da un voto de diferencia al sistema que Sean Murray y su equipo han creado. Con el paso de los años las mentiras seguirán ahí, todo lo que pudo ser y no fue será recordado, pero los que realmente disfrutamos con el juego sabremos darle el toque de cariño que toda composición se merece.

 

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